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Qué son las luces frías y las luces cálidas: por qué es importante diferenciarlas

que son luces frias y calidas

En la actualidad no solo utilizamos la iluminación para acabar con la oscuridad. Los aspectos del diseño y la atmósfera han adquirido cada vez más relevancia en los últimos años. Y esto ha supuesto, en cierta parte, que el diseño de la luz además de ser funcional, también debe ser fundamentalmente bonito. Es decir, la apariencia de una lámpara es necesario que sea original, y casi, impresionante.

Pero eso sí, no es todo lo que hay. La luz o, mejor dicho, la temperatura de color de la luz tiene un gran efecto en el interior y en la atmósfera de la habitación. Esto es así porque no solo determina cómo se ve un espacio, también afecta a la forma en que las personas se sienten cuando están en ese lugar y hasta, incluso, la visión y el propio consumo (y esto último, además, acabará repercutiendo en la factura de la luz). Aquí es, precisamente, cuando toca hablar de las luces frías y cálidas, de su importancia de saber distinguirlas y de conocer realmente cómo puede afectar a ese sentimiento del que hablamos. 

La temperatura del color

La luz se nombra por dos elementos: la temperatura del color y la pantalla de color. La temperatura del color de la luz se muestra en grados Kelvin (K). Se trata, pues, de la unidad de temperatura estándar a la hora de medir la temperatura de cualquier fuente lumínica. Para comprenderlo de un modo sencillo: la base física que explica este fenómeno es que cuando un cuerpo se calienta, puede emitir luz de distinto color dependiendo de la temperatura a la que se encuentre. 

En este sentido, cuando hablamos de las bombillas de luz fría, nos referimos a aquellas que se encuentran alrededor de los 5.000 – 6.000 grados Kelvin (K). También se las conoce como luces día, debido a los tonos tan blancos que emiten, casi azulados, similares a los de un día totalmente despejado. 

Por su parte, las luces cálidas en realidad son menos calientes y se sitúan entre los 1.800 – 3.000 grados. La explicación es que tratan de emular un atardecer con tonos menos blancos. El ejemplo más fácil en este sentido serían las luces de las velas, que tienen un color más amarillo, más cálido. 

Suele ocurrir que muchas personas tienen conceptos erróneos sobre las luces LED, pues creen que este tipo de bombillas proporcionan una luz fría, poco favorecedora y hasta molesta en determinadas ocasiones. Esto se debe a la experiencia previa con LED de 4.000K de ‘baja calidad’ y muy baratas que pueden encontrarse por Internet en sitios poco fiables. De ahí, la importancia de conocer bien qué son las luces frías y cálidas. A la hora de elegir la temperatura de color, hay que tener muy en cuenta los acabados y la paleta de colores para cada espacio. 

Y, como decíamos, la luz también viene determinada por la pantalla a color. Este valor mide lo bien que se pueden observar los colores bajo un determinado tipo de luz. Se utiliza, en este sentido, un índice de reproducción cromática (o CRI), con una escala de 1 a 100 Ra. Así, 100 Ra significa luz perfecta, o en este caso luz diurna. Por lo tanto, podríamos decir que 80 Ra es la norma para la mayoría de los entornos. 

Diferencia de tonos

Además del tipo de bombilla en sí, el uso de la temperatura Kelvin puede ayudar a determinar qué bombilla y lámpara son las adecuadas para cada habitación. Ya sea que necesite una fuente de luz ambiental o una iluminación para un determinado tipo de tareas o actividades, hay que tener en cuenta los siguientes rangos Kelvin.

Luces calidas y frias

Dónde utilizar luces tenues y de ambiente

En este caso, conviene fijarse en las bombillas de menos de 2.000 K. Tal y como se aprecia en la imagen anterior, este tipo de temperatura emite un tenue brillo de luz, similar al de una vela. 

Mejor para áreas con poca luz, donde la iluminación ambiental es bienvenida. Quizás una mesilla de noche, un punto focal en un pasillo o una lámpara cercana a un rincón de lectura. Y lo que decíamos antes: también tiene en cuenta la emoción de las personas, serán. por tanto, ideales para ambientes íntimos o románticos y bonitos.

Te dejamos algunos ejemplos que puedes encontrar en Cablelamp, y no solo de bombillas, también de lámparas perfectas con las que utilizar las bombillas de 2.000 K para ambientes cálidos.

Luces para el cuarto de estar o dormitorio

Las luces de entre 2.000 K – 3.000 K emiten un brillo blanco suave, a menudo de apariencia amarilla. Son ideales para salas de estar, comedores, dormitorios o, incluso espacios al aire libre como una terraza, un ático, o, incluso, el interior de un armario.

En Cablelamp puedes encontrar desde bombillas al uso, hasta otras más artísticas y originales. Ideales para lámparas de mesa, de pie o suspensiones que no dejarán indiferente a nadie.

Luces para cocinas, oficinas y espacios de trabajo

Las luces de entre 3.100 K – 4.500 K emiten una gran cantidad de luz blanca. Son lo mejor para iluminar cocinas, oficinas que no sean de gran tamaño, espacios de trabajo, tocadores. En definitiva, aquellos sitios donde se necesita una mayor iluminación al estar desarrollando actividades que requieren cierta concentración.

Y, como no podía ser de otra manera, en Cablelamp también contamos con este tipo de bombillas y lámparas con las que compaginarlas perfectamente.

Luces para exhibiciones y grandes oficinas

Las luces de entre 4.600 K – 6.500 K emiten una gran cantidad brillante de luz azul-blanca, similar a la de día. Son mucho más brillantes que las anteriores, por lo tanto conviene utilizarlas en sitios grandes, como áreas de exhibición o entornos de trabajo más amplios y donde se desarrollen actividades minuciosas y delicadas que requieren tener una iluminación potente.


Mario Pereiro



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